Yo no enseño Yoga, él me enseña a mi.

Como cada día, realizo mi pequeño ritual matutino, tres páginas de escritura libre, de lo que salga, lo primero, sin filtro. Una especie de meditación en movimiento, en este caso, entre mi mano y el papel. Y ahí es donde me permito, mucho. Hoy me enfoco en la profundización y en el darme cuenta de los patrones de comportamiento. En el cómo tapo y automatizo los bloqueos escribiendo. Cuando me quedo en blanco, cuando no sé cómo continuar, me voy, en este caso al móvil, a las redes sociales y ahí, me digo que busco inspiración, cuando en realidad solo encuentro frustración, por lo que me digo y por lo que, finalmente encuentro; simple dispersión.

Pero simbólicamente, así es la meditación y la mente, dispersa. En el papel, en el cojín y en la esterilla de yoga. En la asana. Aceptar esa dispersión forma parte del aprendizaje, para que la modificación del patrón se dé por sí solo.

Con la práctica de Yoga encuentro cierta similitud a estos bloqueos dispersos, a veces, me observo en el pensamiento de, ¿realizar siempre la misma serie de Yoga? ¿Eso que es?

Si pongo el foco en lo superficial de la práctica me digo que, hay que variar, porque si no los alumnos se pueden aburrir. Aunque sé que no deja de ser el propio reflejo de mi anterior patrón de conducta, la dispersión, la huida, la evasión, el no sentir la frustración del no llegar. Y ya no quiero eso para mí práctica, ni para mi vida. Ya he estado ahí, en esa enseñanza, en enseñar por enseñar y no para aprender, qué es lo que te trae la práctica.

Tiempo atrás, veía el Yoga como algo meramente físico, como la gran tendencia que se encuentra en occidente, poniendo el foco en el hacer, en el conseguir, en el llegar a alcanzar, incluso Ser. A ser mejor. Ahora, cansada de eso, me gusta más observar y darme cuenta de las sutilezas que, a cada práctica, a cada clase, me trae la misma. Y, por tanto, intentar transmitir eso.

El aprendizaje actual; la no huida, la repetición y el encontrarte en la postura.

El hecho de realizar la misma serie, te permite, al contrario de lo que tu mente dice, profundizar, en cada asana. La visión actual de la realización de Yoga es acoger la práctica como algo más físico, tendemos a meterle más estilos y a hacer mil clases diferentes, porque, además, la influencia de lo visual en las redes, bajo mi punto de vista, MATA a la esencia del Yoga. Pero, ¿qué pasa con los básicos? ¿Dónde quedaron?

El foco que le pongas a la práctica, dependerá de tu resultado al realizarla. Si solo te quedas en la superficie, en lo burdo, en lo físico, claro que te aburres al hacer siempre lo mismo. Más bien, no te aburres, te duele no llegar a alcanzar X, te duele el alma.

Pero si puedes ver más allá del yoga físico, de lo banal que hay detrás de querer alcanzar una asana imposible, si puedes ser capaz de ir más allá de todo eso, de trascender tu ego durante la práctica, si vas al aprendizaje, a lo sutil, prácticamente no necesitas demasiados estímulos nuevos, ni posturas imposibles para tu foto en las redes, porque si, al parecer el yoga también se ha convertido en esto.

En la foto más acrobática, como si tu único objetivo al realizar la práctica, fuera el final, el mostrar, la foto. Y nos perdemos de nuevo. Nos perdemos entre tanta foto, entre tanto ego. Al final, queremos trascenderlo, pero caemos de nuevo en la trampa del mismo. Ahora, del ego espiritual, y no sé yo cual es más esclavo de los dos.

«Yo quiero hacer esta postura que he visto que X la hace» me dicen algun@s, pero, si todavía no has pasado por los aprendizajes anteriores que requiere una asana en particular, ¿cómo vas a poder alcanzarla en su mayor plenitud?

No, el yoga ya no funciona así para mí. Dentro de lo «básico», dentro de lo mismo, dentro de la repetición se encuentra el camino, porque ahí, están las sutilezas, los pequeños aprendizajes que necesitas integrar antes de alcanzar el siguiente nivel de asanas.

Véase que, para alcanzar una Sirsasana en condiciones, tienes que integrar el saludo al sol en su máxima expresión y detalle, desde bitilasana-marjaryasana (gato-vaca) incluso hasta chaturanga (plancha) o tadasana (la montaña).

Es decir, dentro de una «Gran Asana» hay toda una secuencia de diferentes aprendizajes, de integrar los detalles más sutiles -como el hecho de poder transferir tu peso a las puntas de los dedos de tus pies-, que, si solo pasas por la superficie de la práctica, de una vez, no se «consiguen». Si no permaneces en lo que toca hoy. En el pasar una y mil veces por lo mismo hasta que lo integras. Si eso no pasa, la asana que quieres hacer, tampoco.

Pero así vamos, no profundizamos, no nos quedamos, porque nos aburrimos haciendo lo mismo. Aunque dentro de ese lo mismo hay mucho rango de movimiento. Hay una diferencia abismal dentro de la misma asana a un día de diferencia.

Ya se dice en el principito «lo esencial, lo sutil es invisible a los ojos, sólo con el corazón, se puede ver».

En la práctica de yoga, sucede lo mismo. Nos perdemos en el llegar a, cuando lo que verdaderamente pasa, es el durante. Cuando lo verdadero del Yoga, de su esencia, es el camino. Son los descubrimientos diarios dentro del mismo. Es la revolución interior que te llega a cada darte cuenta, a cada aprendizaje extrapolado en tus días, fuera de la esterilla.

Eso, eso es el yoga, esa es la revolución.

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